Filólogo

"Olvídate de encontrar trabajo si estudias esta carrera"

Esa es la frase que uno de los profesores de la licenciatura de filología hispánica pronunció en la charla inaugural del curso 1997-98. Para el centenar de estudiantes que asistíamos al evento lo razonable hubiera sido salir corriendo y matricularnos en administración y dirección de empresas. Sin embargo, la mayoría de los futuros filólogos que escuchábamos aquellas palabras de ánimo y motivación decidimos guiarnos por la ilusión que intentaban matarnos y amordazar aquel supuesto sentido común que aconsejaba estudiar algo "útil". Quizás apostamos por algo que José Agustín Goytisolo reivindicó en uno de sus poemas: "Quiero que no me maten la ilusión". Hoy día la mayoría de mis compañeros/as ilusos y yo mismo hemos encontrado trabajo relacionados con la filología: unos, como profesores de academias, escuelas e institutos; otros, en universidades extranjeras de prestigio. 

En cuanto tuve mi flamante título de filólogo bajo el brazo empecé a buscar trabajo como profesor de secundaria. Un par de años después y muchos currículums enviados a diestro y siniestro, comencé a trabajar en la enseñanza del español para extranjeros en la escuela Don Quijote, en Barcelona. En 2005 aprobé las oposiciones al cuerpo de profesorado de secundaria y desde entonces trabajo como profesor del ámbito de la comunicación (castellano, catalán, francés, inglés e informática). He experimentado la combinación de docencia y nuevas tecnologías y, sobre ello, he dado charlas y cursos de formación al profesorado en la Universitat de Lleida, en jornadas para profesores y en diferentes centros de secundaria. 

Como diría Paco Umbral, "Yo he venido a hablar de mi libro"

La editorial Marcombo me propuso escribir el libro Lengua castellana y literatura para la prueba de acceso a grado superior de FP y de acceso a la universidad para mayores de 25 y 45 años. No me imaginaba lo duro pero al mismo tiempo enriquecedor que sería. Resumir toda la historia de la literatura española en un capítulo fue un reto, y explicar cómo se analiza una oración subordinada adverbial tampoco fue fácil. Ahora solo me falta plantar un árbol y tener un hijo. Pero como tengo un perro, igual esto último me lo convalidan.